Ben Doyle, padre sustituto de Jeff

Cuando Jeff llegó buscando empleo al rancho “Purple Coneflower”, tendría unos 16 años.

Lo contrató el capataz Ben Doyle, un inmigrante irlandés que lo adoptó como a un hijo.

Sobre su pasado en Irlanda

Como casi toda la población irlandesa de ese entonces, los Doyle eran labriegos, trabajando tierras rentadas.

Por ese tiempo la mayoría de Irlanda estaba en manos de propietarios privados, hasta el 97% en 1870 pertenecía a familias acaudaladas, y se alquilaba a campesinos que tenían que pagar el alquiler a esos propietarios e impuestos a la Iglesia y al Estado.

La mayoría de la gente no tenía acceso a la tierra. El 50% del país estaba en manos de las 750 familias más ricas.

Los inquilinos a menudo alquilaban pequeñas parcelas anualmente, que pagaban mediante un servicio laboral bajo un sistema conocido como Conacre.

El abuso de los arrendatarios condujo a una emigración generalizada a los Estados Unidos.

Los Doyle eran una de tantas familias arrendatarias que trabajaban doblemente por falta de capital.

Por un lado labrando para el propietario del latifundio en los sembradíos de él. Con ese trabajo pagaban el alquiler de la pequeña parcela donde luego laboraban para sembrar su propia producción. De esa pequeña producción debían luego pagar impuestos (Iglesia y Estado), y lo poco que les quedaba apenas alcanzaba para mantenerse vivos en ese estado de prácticamente esclavitud.

Doyle conoció el dolor de las manos por el trabajo duro desde muy pequeño. Ningún niño irlandés de ese entonces tenía una infancia feliz. Su día comenzaba muy temprano en la mañana y finalizaba antes de ponerse el sol.

Se aprovechaban las horas del día puesto que comprar velas no estaba al alcance de un campesino. Las horas de oscuridad se usaban para dormir y recuperar el cuerpo para la jornada siguiente.

La mayor parte de la producción era de patatas. Probablemente uno de los productos más duros de obtener de la tierra.

En los primeros años de vida su trabajo consistía en colocarlas en cestas y bolsas, eran los mayores los que luego las cargaban, y ya más adelante pasaban ellos a ser cargueros. La mayoría de las personas tenía severos daños de columna antes de los 20 años de edad.

Su sueño y el de su esposa al emigrar a América fue ser propietarios de su propia tierra. Trabajar lo suyo. Pero las cosas no salieron, al menos en sus inicios, como esperaban.

La llegada de Ben a América

Lo que sabemos a cerca de la historia de Ben Doyle es similar a muchas historias de la inmigración irlandesa en los Estados Unidos de América.

Cansado de trabajar tierras ajenas en su nación, Ben quiso probar suerte en el paraíso americano, del cual se hablaba mucho en aquellos días

Se decía que la riqueza era tal, que cualquiera que llegara allí, podía reclamar como suya toda la tierra que quisiera.

Pero las cosas no fueron así. Ben llegó junto con su joven esposa teniendo ambos menos de 20 años.

Era un hombre rudo que medía casi dos metros y pasaba holgadamente los 110 kg. De cabellos rubios y una tez rojiza, con ojos pequeños y tan celestes que parecían transparentes. Cuando reía sus mejillas redondas enrojecían más de lo habitual y sus ojos casi desaparecían, dejando apenas un fulgor brillante como dos puntos escondidos en el regordete rostro.

Ella era pequeña y de apariencia delicada, pero fuerte como toda irlandesa. Al lado de Ben, su pequeña y femenina figura resaltaba la corpulencia de su esposo.

Por lo que se sabe, luego de muchas peripecias en las ciudades, lograron llegar a unas tierras apartadas para hacer lo que ellos sabían: trabajar la tierra y criar animales.

Pero la pequeña propiedad que compraron usando todos sus ahorros, resultaron no ser propiedad del vendedor, lo que los llevó a vivir de prestado, pagando al verdadero dueño con la mitad de cada cosecha.

Un golpe duro para Ben

Por aquel entonces la esposa de Ben quedó embarazada. Pero en el humilde hogar el invierno era duro, y, aunque ella era muy fuerte, las bajas defensas del embarazo la llevaron a contraer lo que hoy podríamos asegurar que fue neumonía, y falleció en pocos días.

Obviamente en esa región no contaban con médicos. Las tisanas y los cuidados de Ben no alcanzaron, y fue así que él tuvo que sepultar con sus propias manos a su esposa y su hijo por venir en esa tierra ajena.

Luego de ello partió en busca de un empleo, y fue a dar con el rancho “Purple Coneflower”, malgastando todas sus pagas en la cantina para olvidar su dolor.

Su alcoholismo no le impedía ser de todos modos un responsable trabajador, y fue así como llegó a ser capataz y hombre de plena confianza del propietario.

Cuando Jeff llegó buscando empleo, fue Ben quien lo contrató, y buscó en él al hijo que había perdido años antes.

La llegada de Jeff a su vida le dio un nuevo motivo para vivir, y se alejó de la bebida. Ahora tenía una responsabilidad, un hijo a quien cuidar.

Él siempre pensó que al muchacho lo había enviado su difunta esposa para encarrilar su camino y darle la alegría que había perdido.

Un obsequio de Jeff

Con los primeros ingresos surgidos de la venta de alimento canino a los ganaderos.

La experiencia ecuestre de Ben había comenzado en los Estados Unidos.

En su Irlanda natal, los trabajos de arado se realizaban con bueyes.

No todas las familias poseían uno, de modo que solían prestarlo unas a otras y a cambio les entregaban algunas bolsas de patatas de su producción.

Cuando comenzó a trabajar lo que él creyó que era su propia tierra, tuvo la oportunidad de adquirir un viejo pero fuerte caballo de tiro.

Los campesinos labriegos empleaban el caballo sobre todo para arar y para tirar del carruaje de carga, por lo tanto se trataba de ejemplares de gran porte. Fuertes y lentos.

Cuando comienza a trabajar en el rancho Purple Coneflower las cosas le cambiaron. Allí montó por primera vez un ágil, veloz y ansioso cuarto de milla. Uno de esos que tienen la mirada siempre cien metros delante suyo.

continuará

 

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